El muchacho no ha muerto, señora. Solo está en la tumba
-Es usted muy impaciente para un hombre de su edad, señor –respondió el joven sentado al lado del viejo, con su pequeña mochila tirada en el suelo. Se veía insignificante comparado al grueso equipaje del anciano.
-Es un defecto que he acentuado con los años.
-¿Adonde va con tanta maleta? ¿Se cambia de casa?
-Eso espero. Ya no me gusta vivir en la ciudad. Me tiene cansado este ajetreo, la bulla, el aire contaminado. Debí haberme ido hace mucho tiempo. A veces uno se acobarda, y en los momentos más importantes.
-Yo lo entiendo, señor. Yo también soy un cobarde.
El viejo lo miro con un guiño de complicidad.
-Si, lo sé, jovencito. De todos, tu eres el más cobarde.
El otro replicó con cierta molestia.
-Que yo lo diga es una cosa, pero que lo diga usted...¿Acaso me conoce, para opinar con tanta propiedad sobre mi?
-Conozco a los de tu tipo. Están en masa acá, en la estación. Estación terminal, es donde todos eligen poner en cero su vida; Punto de partida para algunos y de llegada para otros.
-Parece que de veras usted lleva mucho tiempo esperando.
-Más de lo que cree, jovencito.
Un hombre pasó corriendo en ese instante. Tenía tierra en el abrigo, sus manos sucias, varias heridas en los dedos y una expresión lastimera en el rostro.
-Ése ya va tarde – señaló el anciano – no va a alcanzar a llegar
-¿Cómo sabe usted eso?
-Los veo pasar todos los días. Siempre van corriendo, pero nunca llegan a tiempo. Ya partieron atrasados.
El joven lo miró a los ojos.
-¿Y usted, hacia donde va?
-Me voy a casa –contestó el anciano con satisfacción.
-¿Y donde queda, si no es mucha la indiscreción?
-Lejos. Es lo único que recuerdo. Ya ha pasado tanto tiempo, que olvidé donde se encuentra exactamente.
-¡¿Entonces viaja usted sin rumbo!? ¿Como va a tomar un tren si no sabe para donde va?
-Pues me vienen a buscar, por supuesto -contestó el viejo con una sonrisa plácida.
-Veo...
El joven miró para el lado opuesto, mientras el anciano mantenía la sonrisa estampada en el rostro. El tren que venia del sur llegaba a la estación; el anciano volteó la cabeza y se detuvo en una pareja sentada junto a la ventana.
-Fíjate en ellos. Van a despedirse.
-Así parece.
-Esta será la última vez que se vean. Cuando una pareja se despide en una estación de tren, no vuelve a juntarse.
-Eso es lo más absurdo que ha dicho usted, señor, desde que comenzó a darme conversa.
-¿Estás segura de que esto es lo que quieres, Elena?
-Estamos en la estación terminal. Es nuestro destino ¿no? Al menos, el mío.
-Lo que no implica que no haya una más allá. Sigamos.
-Ya me dijiste eso ayer y los días anteriores, Miguel. Pero siempre llegamos al terminal. Convéncete, no hay una estación más allá.
-Debes confiar en mi. Es sólo cuestión de permanecer sentados un rato después de que todos se hayan bajado, y verás que el tren vuelve a moverse.
-No, Miguel. Éste es el fin, de aquí no nos moveremos, ni que lo quisiéramos. El vagón se mantendrá quieto, inmóvil, hasta que vuelva a partir al sur en la noche. Ya lo hemos hecho antes.
-¿Y nuestros planes, Elena?.
-Yo ya no tengo planes. No quiero seguir viajando, quiero asentarme aquí. Si tu quieres, puedes bajarte conmigo, y radicarte en este lugar.
-Conformarnos en este lugar, querrás decir.
-Es lo que tenemos. No siempre es lo que esperas, pero es lo que puedes agarrar con la mano y apretar con fuerza, porque es tuyo. Lo que ves en esta estación, es nuestro.
-Lo que viene en la próxima también puede serlo.
La mujer calló.
-¿Vas a bajar?- preguntó él.
-Veo que ya decidiste seguir viajando...- Elena bajó los ojos y tomó una pequeña maleta del compartimiento superior - Suerte en tu viaje, Miguel.
-Yo voy a llegar allá, Elena. Y luego vendré a buscarte, te lo prometo.
-Por supuesto.
-¿Me estarás esperando?
Elena no respondió.
-Ves la mirada en sus ojos? –el viejo seguía observando a la pareja.
-Si pudiese al menos oír lo que dicen...
-No es necesario, jovencito. Basta con mirarles la cara; siempre podrás adivinar lo que están pensando ¿Ves a la mujer bajarse con su maleta? ¿Y lo ves a él, quedándose en el tren? Pasa todos los días. Es un error muy común de los hombres.
-¿Seguir de viaje?
-Construir castillos de arena.
-¿Usted construyó muchos?
-Creo que los hice todos...
Un hombre pasó corriendo frente a ellos. Iba mojado, los zapatos empapados, goteando para todos lados. Llovía, pero no le importaba mojarse. Llevaba un impermeable y zapatos negros; iba por medio de la calle, haciéndose camino entre los autos, para no perder tiempo. Estaba atrasado y necesitaba llegar a tiempo.
-Ése también va tarde. Tampoco llegará.
- ¿Es que acaso todos los que salen de este terminal llegarán tarde, según usted?
-Si parten desde esta estación, por supuesto. Para llegar a tiempo, tendrían que haber partido mucho antes.
-Debe ser algo muy importante para ir tan apurado –observó el muchacho, pensando en voz alta.
-Hay citas a la que uno no se puede atrasar, jovencito. Como la que tengo ahora, por ejemplo. Es una cita muy importante, la más importante de mi vida. Finalmente mi mujer me vendrá a buscar. Me voy con ella.
-¿Su esposa?
-¿Esposa? No, no mi esposa. Ella se marchó hace mucho tiempo. Se marchó porque no pudo soportar no ser la amada.
-¿Y esta mujer que viene, quien es?
-La que dejé marchar. Fui un cobarde, no hice nada por retenerla. Ni siquiera me despedí. Me escondí bajo la cama, donde no llegara luz, para no verla cuando se iba, porque no pude despedirme. No pude.
- ¿Y hace mucho que no la ve?
-Bastante. Ojalá me haya perdonado.
-Si viene a buscarlo, supongo que es porque no le guarda rencor.
-Eso espero. Primero debe perdonarme ella para que luego pueda hacerlo yo.
Elena se bajó del tren, y emprendió camino con lágrimas en los ojos. Miguel la miró y guardó silencio.
-Adiós, Miguel –sentenció ella, quitándole la maleta de las manos. Él se mantuvo estático. De pronto Elena perdió el equilibrio y tropezó, lanzando su equipaje al suelo. La maleta se abrió con el golpe, volcando toda su ropa.
-Permite que te ayude –le dijo él, acercándose.
-Tienes un tren al cual subirte. No vaya a ser cosa que te atrases por mi culpa -le respondió con los ojos llorosos, apartando su rostro mientras recogía la ropa desparramada por la estación.
Elena se fue mostrando la espalda, cargando su maleta, cojeando por el esfuerzo. Miguel la miraba deshacerse entre la bruma, cada vez más borrosa, cada vez más lejos.
El anciano observaba a la pareja con una cierta soberbia, esperando la reacción del muchacho, que miraba con desconcierto.
-Esa escena que acabamos de ver...
-¿Si? ..-preguntó el viejo, arqueando las cejas.
-Ya la había visto. Yo la viví, en este mismo lugar.
El anciano se largó a reír.
-Eso ya lo sabía. Es ella ¿qué no la ves?
El muchacho se fijó en la mujer que se marchaba con su equipaje en la mano, y reconoció a Elena. Miguel de pronto revivió su sueños de ir a la estación más allá, y todo lo que había dejado por él. Recordó a Elena, con sus cabellos dorados y su mirada de café.
-Crees que ahora sí vas a llegar a la próxima estación. Pero te equivocas, jovencito. Te equivocas como te equivocaste esa vez.
El otro lo miró con asombro.
-¿Cómo sabe?
-Miguel, mi querido Miguel. Yo, después de mucho esperar, logré llegar un día a la ansiada estación más allá. Pero infelizmente no había nada que no hubiese acá, o en cualquiera de las otras estaciones. En todas encontré mucho de lo mismo, y nada de Elena. Ella ya no estaba, y era lo único que realmente importaba.
El muchacho miró al viejo y dejó escapar una lágrima. Su voz entrecortada intentó hacer una pregunta, pero la ahogó en su garganta. A lo lejos, un hombre pasó corriendo; Llevaba puesto un impermeable y zapatos oscuros. Iba mojado, con el cabello empapado, el rostro dolido.
-¿También llegará tarde? –preguntó el muchacho, tembloroso.
-Siempre que partas desde la estación, llegarás tarde.
-Veo.
El viejo lo miró con seriedad.
-De todos tus errores, hay dos de los cuales te arrepentirás más: no bajar del tren y no ir a decir “Adiós” cuando debiste hacerlo.
El muchacho lo miró con resquemor; un escalofrío recorrió su cuerpo.
-Tengo un tren que abordar. Otro día me despediré.
-Si te subes a ese tren, ya no vas a alcanzar. Por más que corras, por más que te mojes. Siempre llegarás tarde.
El muchacho se puso de pie, aún indeciso.
-Pero el pasaje lo tengo ya comprado. Y si esta fuera la vez en que el tren llegue más allá?
-Es un riesgo que debes tomar.
Miguel salió corriendo de la estación; llovía sobre él, las calles mojadas, su cabello empapado. Los pantalones se adosaban a su cuerpo, la camisa se arrugaba con la humedad. El sudor no se le notaba, ni la transpiración nerviosa, ni la angustia; tenía que despedirse.
Golpeó la puerta de madera. Sabía que seguía allí, que aunque todos lo negaran, ella lo esperaba. Era un viaje muy largo para marcharse sin decir Adiós.
La puerta seguía entre ambos, y ninguna respuesta desde el otro lado. Miguel intentó romperla con los puños, con los pies, con toda su fuerza. La madera no cedía. Entonces tomó una pala, se puso de pie, y comenzó a golpearla, saltando sobre ella.
Hasta que finalmente cedió.
Ahí estaba Elena, con los ojos cerrados, las manos sobre el pecho y aquella dulce expresión angelical que ocultaban sus ojos de café. Lo había logrado. Había llegado antes que el tiempo. Aún era Elena, y no un puñado de huesos y polvo. Se ubicó junto a la mujer, al interior del cajón, y rodeó su cuerpo con ambas manos, reposando la cabeza sobre su pecho como solía hacer las tardes de lluvia. A lo lejos, oyó una voz decir:
“El muchacho no ha muerto, señora. Solo está en la tumba. Déjelo descansar, ya saldrá de ahí cuando haya dejado de llorar.”
En la estación, como un murmullo, Miguel cerró los ojos. Los hombres que corrían habían dejado de pasar, y el muchacho que lo acompañaba se había retirado.
-Todos los pasajeros a bordo –gritó una voz a prisa – el tren ya va a partir.
-Ah, muchachito, es divertido como funciona esto de los recuerdos; por más que uno intenta atenerse a los hechos, ceñirse a la lógica, siempre que uno los llama, se confunden con los sueños. Son tantas las imágenes que he guardado en estos años que ya no puedo distinguir cuales ocurrieron en verdad y cuales son solamente la manifestación de mis anhelos, esos que nunca me atreví a cumplir...
Todos los trenes ya se habían despedido y la gente comenzaba a retirarse. Una última sonrisa cómplice en los labios de Miguel; en el cementerio, una tumba cerrada que se hundió esperando ser abierta, y en el andén, un anciano sentado con los ojos cerrados, como todos los días.
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