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Lejos del ruido, rodeado por el silencio de su hogar, el Comandante Honorato Segundo Cabrera tomaba su última taza de café del día, mientras Marina serenamente le esperaba, sentada en una esquina de la mesa, para lavar la taza cuando terminara.        

No les importaba el carnaval ni los desfiles. El Comandante, el que casi había ido a la guerra, ya no se preocupaba de lo que pasaba en el mundo desde que lo obligaron a jubilar. Había comenzado a morir el mismo día que dejara su cargo.

Tenía más de sesenta años y una esposa que apenas se empinaba por los cincuenta. Los mayores seguían a hacerle una reverencia cuando lo veían pasar por las calles. Al fin y al cabo, había estado a punto de ir a defender al país. Algunos incluso decían que había alcanzado a estar un día en el frente; era la mayor gloria del pueblo, su único héroe, o al menos, lo más cercano que se conocía.

Veintisiete años de matrimonio en habitaciones separadas, un solo hijo, Crescente, y una casa modesta. Honorato era de la opinión que un hombre debía vivir de su propio esfuerzo, de lo que sembrara con las manos. Aunque su jubilación era poca, él se las arreglaba para que le alcanzara.

Marina, etérea, silente, con los ojos tenues y la mirada ausente. No tenía más que dos trajes, los que intercambiaba día por medio, cuidando no rasgarlos. La belleza era un lujo que no existía en su casa. Ella, resignada, pasaba el día mirando, atendiendo a su marido, esperándolo. Él, rara vez le dirigía la palabra, y cuando lo hacía no era más que para pedirle algo.

Crescente había crecido en aquél ambiente mesurado y de pocas palabras. Marina solía mostrarse sonriente y cálida ante su hijo, pero el silencio que la acompañaba nunca se ausentaba del todo. Desde pequeño notó que la relación de sus papás era muy distinta a la de los otros; en su casa nunca se discutía. Había intentado hablar del asunto, pero jamás pudo pasar la barrera que interponía el Comandante, con su dureza en la frente. Le exasperaba esa relación de miradas furtivas, de sonrisas guardadas.

Honorato daba órdenes con las miradas. No necesitaba abrir la boca; su mujer siempre sabía lo que él quería pedirle, pero nunca le quedaba claro si había logrado complacerlo. Al comandante las palabras le desagradaban, por lo que no solían pronunciarse en aquél hogar.

Todos los meses, Honorato le entregaba un cheque a su mujer, antes del día cinco, el que recibía ceremoniosamente y guardaba en su cartera. Marina decía que era el dinero para el mercado. Sin embargo, la solemnidad que rodeaba el pago de aquél cheque, del cual Crescente nunca había logrado ver monto, indicaba que había algo que él no sabía al respecto. Receloso, el muchacho llevaba años intentando averiguar algo más, escabulléndose en la cartera de su madre, buscaba algún registro de depósito. Pero ella, muy cuidadosa, nunca dejó algún detalle al descubierto. El muchacho no pudo descubrir nada.

 

 

Aquella tarde, Crescente entró silenciosamente en su casa, como de costumbre. No encontró a su madre en la cocina, lugar donde habituaba estar. Subió las escaleras sin hacer ruido, y sintió sollozos desde la pieza de ella. La encontró tendida sobre la cama, con lágrimas en sus ojos, abrazada a su almohada.

-Crescente, hijito, no te oí llegar –fue su débil saludo, mientras se secaba las mejillas.

-¿Qué ocurre, mamá?

-Nada, nada, no me hagas caso –dijo ella, poniéndose de pie – tu madre es una llorona.

Se acercaban sus bodas de plata, veinticinco años de matrimonio. Crescente pensó que eso tendría algo que ver con su llanto. Disimuladamente puso la vista sobre un delgado fajo de papeles que yacía en el suelo, cerca de la cama.

-Bueno, voy a hacer el almuerzo –dijo ella, terminando de limpiar las lágrimas de su rostro, avergonzada. Salió apresuradamente de la pieza.

Crescente esperó a que ella hubiese bajado para volver a entrar a la habitación; el fajo de papeles seguía allí, doblado en el suelo. Ella los había estado mirando. Rápidamente el joven los tomó y comenzó a leerlos.

No estaba tan equivocado, después de todo. Era el contrato de matrimonio de sus padres. Pero éste no era un contrato como los demás. En él, Honorato Segundo Cabrera se comprometía a pagar, mensualmente, una suma fijada en dólares a Marina Cruz, por ejercer ésta las labores de esposa y madre de sus hijos. Se contemplaba, entre otras cosas, su desempeño en los ámbitos sexuales, domésticos y lo referente a la educación y cuidado de los hijos. El contrato tenía vigencia de veinticinco años, los que se renovarían si ninguna de las partes disponía de lo contrario.

Crescente bajó a la cocina. Marina se encontraba revolviendo una olla. Su corazón se agitó cuando vio a su hijo sosteniendo el contrato en las manos.

-¿Es por esto que recibes ese cheque todos los meses? –le preguntó con voz firme y mirada severa.

La mujer ocultó sus ojos y corrió a encerrarse en su pieza, abandonado el almuerzo a medio hacer en la cocina. Crescente mantuvo silencio y se limitó a mirar al cielo. 

El comandante Cabrera llegó al cabo de un rato. Notó que la mesa no estaba puesta, y halló a su hijo sentado. Fue en busca de Marina, pero ésta no le quiso abrir la puerta de su habitación. Tuvo el presentimiento que una conversación densa y complicada se estaba gestando, y prefirió no dar la oportunidad de que ocurriera. Optó por irse al jardín, evitando el contacto con Crescente, sin cena, preguntas o respuestas.

Fue entonces que el Comandante comenzó a oírlos.

Ese día, Honorato Segundo Cabrera pudo escuchar lo que los pájaros se decían unos a otros, lo que los árboles pensaban mientras sus frutos colgaban de las ramas, la voz sensual con la que las flores llamaban a las abejas. Todo le resultaba entendible. Aquél le pareció un mundo delicioso, en el que podía participar sin riesgos, sin ser importunado o amenazado. Fue su pequeño secreto a partir de entonces. Se quedó hasta altas horas de la noche en el antejardín, participando de conversas ajenas, y no entró a su casa hasta no haberse asegurado que ya todos estaban dormidos.

 

 

El comandante se fue acostumbrando a pasar gran parte del día sentado en el jardín, oyendo a animales y plantas conversar. A veces intentaba comunicarse con ellos, y estaba convencido de haberlo logrado en más de una ocasión.

Crescente debía tolerar la nueva costumbre de su padre y el silencio de su madre, que no había vuelto a salir de su pieza desde el día en que descubriera su contrato. Y él quería respuestas.

El joven se vio en la obligación, entonces, de acudir a su padre.

Le costó captar su atención. El comandante se hallaba muy entretenido intentando dialogar con un grupo de hormigas; cuando se percató de la presencia de su hijo, y que lo miraba con intenciones de abordar una conversa, sintió un gran nudo en el estómago, y el nerviosismo le produjo tartamudeos.

-Papá, necesito hacerte una pregunta....

“Papá”. Honorato se preguntaba cuando había sido la última vez que le oyera esa palabra.

-...es sobre tu matrimonio....-siguió el otro- ...encontré el contrato.

El comandante se mantuvo mudo, inmóvil.

-.Quiero que me expliques- dijo finalmente el muchacho, buscando mirarlo de frente. El comandante esquivó la mirada con un leve giro de su rostro.

-Yo no puedo hablar de eso, Crescente...

 -Es mi propia historia la que está ahí, mezclada con la de ustedes.

El comandante se sentó en el suelo y ocultó la vista. Estaba avergonzado por exponerse ante su hijo de esa manera.

-¿Es cierto lo que leí? ¿Tú le has estado pagando a mamá para que cumpla con sus deberes de madre y esposa?...

-Yo, a tu edad, no era un tipo atractivo, Crescente –contestó sin alzar la vista –sigo sin serlo. Fuera del campo militar, soy un fracaso.

-Eso no te excusa.

-Me pediste una explicación, no una justificación.

Crescente calló un instante. Honorato miraba al horizonte al hablar, eludiendo los ojos de su hijo

-Cuando conocí a Marina era muy bella, aunque tímida y pobre. Siempre supe que mi única posibilidad de tenerla se daría por esto último.

-Deberían hablar las cosas de frente, alguna vez.

-Para  Marina soy un contrato. No tengo quejas en su contra, es eficiente y responsable, ha cumplido muy bien su parte del trato. Pero ahora el contrato expira. Han pasado veinticinco años, y no he querido tocar el tema, porque temo que me diga que no desea renovarlo, que juntó suficiente dinero y ya no necesita este trabajo...

El comandante calló y volvió a sus plantas, de donde no levantó cabeza durante el resto del día. Crescente observó a su padre, alicaído, humillado por la confesión. Sintió compasión por él; era un cobarde de los grandes, por mucho que “casi” hubiese ido a la guerra.

 

 

Crescente golpeó en la puerta de su madre; ésta no le respondió. Volvió a insistir una y otra vez, hasta que finalmente la mujer no tuvo más remedio que abrir.

Ella tenía los ojos llorosos y no se atrevía a mirarlo. Él entró en la pieza y cerró la puerta. Marina estaba sentada en la cama, ocultando su rostro entre las manos.

-Siento que te hayas enterado de esto, Crescente....-dijo ella al fin.

-¿Te casaste por dinero?.. .

- Sí, no lo niego. Si alguna vez hubieses visto lo que tuve que soportar en mi casa, me darías la razón. Pero también me casé por amor.

Crescente la miró con asombro.

-Tu padre es un soldado, un hombre de valor, buen mozo ¡Casi fue a la guerra! Era todo lo que una niña como yo soñaba. Pero no podía pretender que alguien como él se fijase en una lavandera

El muchacho se mantenía impávido.

-Honorato necesitaba una mujer que se encargase de la casa y le diese hijos, nada más. Él no quería una esposa. Pero era mi oportunidad para poder tenerlo cerca. Y ahora, que  ya estás grande, él retirado...tengo miedo de que no me necesite más, que me diga que fui una empleada muy eficiente pero mis servicios ya no son requeridos.

-Hable con él, mamá. Dígale lo que siente.

-No me atrevería. Ante sus ojos, siempre seré la lavandera que sacó de la población. Han pasado demasiados años ya para cambiar las cosas..

-Demasiado no es un número real. No existe.

La mujer volvió a llorar y Crescente silenciosamente se retiró del cuarto.

 

 

            El comandante Cabrera había terminado por convertirse en una planta más. Su comunicación con las flores resultaba armoniosa, y su relación con los insectos complaciente, como jamás lo fuera con los humanos. Llevaba tantos días descifrando el lenguaje de las plantas, que terminó por olvidar el propio

Tarde fue, entonces, para Marina. Aquél día expiraba el contrato. Honorato estaba en el jardín, sentado, oyendo a una hormiga conversar con una cuncuna. Su esposa surgió silenciosa y delicada, como siempre. Él aún no se percataba que había asimilado un nuevo idioma, pues el silencio consumía gran parte de su vida.

            Fue sólo cuando ella quiso hablarle que lo notó. Al verla con esos ojos emocionados habría dado cualquier cosa por comprender lo que trataba de decirle. Pero, por más que lo intentó, no pudo. Él sólo entendía en flora. Y cuando se esforzó por decirle que le tuviera paciencia, que por algún motivo no lograba entender lo que ella le decía, fue Marina la que no comprendió. Porque él hablaba en fauna.

            Entonces los ojos de Honorato también se llenaron de lágrimas. Ambos se miraron por un momento, intentando sacar palabras a través de sus retinas, él, con el miedo que siempre lo había frenado, pero con una extraña sensación al observar la mirada melancólica de su mujer. Luego de un instante, cediendo nuevamente ante la cobardía y el temor, el comandante dio las espaldas a su esposa y volvió a concentrarse en el único dialogo que podía comprender de veras, el de la hormiga con la cuncuna.

            Marina jamás había visto aquella mirada en su esposo. Pensó que tal vez su hijo podría tener razón. Entonces se le acercó, silenciosa y mesurada, intentando no tocar demasiado su cuerpo para no asustarlo, y delicadamente reposó la cabeza sobre sus espaldas. El comandante, sorprendido, cerró los ojos y siguió mirando a la cuncuna, que a esas alturas ya había terminado por devorarse a la hormiga con la que estaba conversando.

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