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CARNAVAL - PARTE 2

 

6

-Debimos haber bailado ayer.....

Visitación y Anunciación, las hermanas Del Canto, cada una en su cama, una junto a la otra. Ambas habían dejado de ir a la fiesta en la Plaza de Armas, por miedo a que Amorosita las descubriese.  No recordaban cuándo había sido la última vez que habían bailado.

-Si tuviésemos un hombre que nos defendiese de sus arbitrariedades...

-Sí. Pero no tenemos. Y, a decir verdad, dudo que lo lleguemos a tener algún día.

-Me gustaría tener un hombre en casa. Aunque no fuese mi esposo, aunque ni siquiera me tocase. Sólo para sentir que hay un hombre cerca.

-Sí. A mi también me gustaría, Anunciación.

Visitación se levantó y fue a mirarse al espejo, con lágrimas a punto de rodar. Tan fea que la había hecho Dios. Con razón ningún hombre la miraba. Bolsas en los ojos, patas de gallo, nariz pronunciada, una verruga..¡y ahora bigotes! ¡estaba tan descuidada que no se había dado cuenta de que le habían comenzado a salir bigotes!¿qué hombre se iba a fijar en ella?

Se habría largado a llorar si el timbre no la hubiese interrumpido.

-Amorosita está aquí.

-¿Y qué quiere ahora?

-Vino a cobrar el arriendo.

-Pero si le dijimos que aún no tenemos lo suficiente como para pagarle.

-Habla tú con ella, si quieres, yo no me atrevo.

-Yo tampoco.

-Siempre podemos sacar la plata que nos dieron por los trajes....

-Pero eso es para las compras de la semana.

-¿Qué prefieres? ¿pasar un poco de hambre o enfrentarte a Amorosita?

-Bueno, hagamos lo que dices. Tal vez tengamos suerte y nos pidan un par de trajes más esta semana.

-Además, nos quedan porotos y lentejas de la semana pasada.

-Si tan solo tuviésemos un hombre en casa...

Amorosita esperaba en el living, sentada en el sillón más grande, con las piernas cruzadas y los brazos apoyados en cada costado.

-Acá está lo del arriendo –dijo Anunciación, sin mirarla a los ojos.

-¿Incluyendo el 10% de reajuste?

-¿Reajuste?

-Yo les advertí que el día en que estas casas pasasen a ser de mi propiedad, aumentaría la renta al valor que realmente tienen. Yo no soy como Basilio, que en paz descanse, que siempre lo pasaron a llevar. Ustedes deben cuatro años de reajustes que él jamás cobró. Solamente estoy haciendo justicia.

-No tenemos tanto dinero.

-Entonces hagan algo, si quieren mantener este estándar de vida. – dijo Amorosita

Luego de decir esto, calló; no porque se arrepintiera de lo dicho, sino porque mientras hablaba, sintió una extraña dificultad al modular; su lengua se empastaba con el paladar, y siseaba al pronunciar las eses. Sin embargo, no podía dejar pasar aquella oportunidad; una buena amenaza siempre merece ser expresada. Se concentró en su dicción y continuó, pausando el ritmo y elevando el tono:

- Si no, siempre están esas casitas en los cerros, las del camino de tierra. Tal vez eso se ajuste a más a sus posibilidades.

Debido al esfuerzo, la mujer enrojeció, extenuada.

-¿Te sientes mal? –le preguntaron las Del Canto al unísono.

-En absoluto.

-Pareces enferma.

-No estoy enferma. Tengo salud de hierro.

-A lo mejor crees no estar enferma, pero lo estás.

-No me discutas, Visitación. Yo jamás me equivoco. La razón sale de mis labios con fluidez, porque mi palabra siempre es la correcta –Amorosita sudaba para mantener una pronunciación perfecta.

-Como digas.

-Me llevo este dinero hoy, pero volveré mañana por el 10% faltante. Espero que no me fallen.

Ni bien terminó su frase, se marchó. No se sentó a especular sobre los pecados de los vecinos,  ni tampoco a condenar a su cuñada, como era costumbre. Lo único que tenía en mente era que a ella, que solía jactarse de rezar cinco rosarios por hora sin equivocarse, se le  había trabado el habla, algo que nunca antes había sucedido. Cuando volvió a casa, se fue directo al baño, a practicar frente al espejo, para corregir su problema.

Ese día, notó que su lengua estaba un tanto más delgada, y tal vez un poquito más larga.

 

7

Perla había tenido aquella pesadilla nuevamente; ella, desfilando, vestida de reina, llevada en andas por la gente del pueblo, al ritmo de samba. De pronto, una gran nube, una tempestad de arena, se acerca desde el horizonte. El polvo comienza a envolverla y  cubrirla, y ella nada puede hacer para evitar ser enterrada bajo su cruel yugo.

Despertó agitada, sudando. Por suerte, Artemio se hallaba a su lado. Él siempre se marchaba temprano, pero aquella noche había decidido quedarse hasta poco antes del amanecer. Tampoco quería estar solo.

-¿Te sientes bien, Perla?

-Si. Fue sólo una pesadilla, gracias a Dios.

Ser ordinaria. Nada la aterraba más que ser ordinaria. Ese miedo la seguía, adoptando diferentes formas, en sus sueños. Había nacido con la marca de lo corriente estampada en la frente, en un barrio pobre, en un pueblo chico, en una familia cualquiera. Y todo lo que se había esforzado hasta entonces no servía de nada porque, a pesar de ser aclamada en Puerta del Mar, su pueblo seguía siendo tan común, omitible y olvidable como lo fuera ella al nacer.

-Abrázame –le dijo de pronto a Artemio, que trataba de volver a dormir – hazme sentir especial.

El poeta, que no perdía oportunidad para disfrutar de un poco de placer, acató la petición al instante y se explayó sobre el cuerpo de su amante. Sin embargo, algo falló aquella noche.

Ella le había quedado grande. Por más que lo intentó, no pudo con la mujer. Perla, frustrada, se levantó de la cama, con algo de rabia. Él trató de seguirla.

-Mi amor, no sé qué pudo suceder. No me lo explico...

-No te preocupes. Debo ser yo –respondió ella sin mirarlo.

-Intentémoslo de nuevo.

-No, mejor no.

-Perla, por favor –insistió él, volteándola para ver sus ojos. Y fue sólo entonces que se percató.

Ya no estaba a la altura de sus ojos. Estaba a la altura de su boca, e incluso un poco más abajo. Perla lo pudo notar, pero se mantuvo muda, observando la reacción de su amante, quién se vistió desesperadamente y partió raudo.

Dormir. Artemio decidió que necesitaba dormir. Así que se dirigió a su casa, cerró las persianas, y se recostó en su cama.

 

8

Calixto Rosales, alias Pierre, jamás pensó que volvería a cortarse el pelo en su vida. Pero ese día había llegado; su cabello había vuelto a brotar después de años de calvicie. Ya no sería el peluquero calvo del cual se burlaban todos. Ahora podría modelar en su propia cabeza sus obras de artes, y exhibirlas al que quisiese verlo.

            Tomó las tijeras y se largó a trabajar un corte moderno. No le preocupaba qué había causado semejante milagro, simplemente se dedicó a disfrutarlo. Era, al fin de cuentas, su sueño hecho realidad: Un corte liso, raso, con chasquilla y pequeñas piruetas curvas en las patillas; estilo trasgresor que siempre había deseado implantar en su cabeza. Sin embargo, dicen que todo lo bueno dura poco.   

Había sido una bendición para Calixto Rosales que su cabello volviera a salir luego de años de calvicie, y bienvenida la rapidez con que éste creció. El problema fue justamente ése. Porque el cabello de Pierre creció, y luego de que él se lo cortó, volvió a crecer todo lo que se había cortado en un solo día, y tal vez un poco más. Tanto así, que se vio obligado a cortarse el cabello una vez al día, e incluso dos y tres.

            Y Pierre cayó en angustia. Ya no podía atender su peluquería; ya no tenía tiempo para sus clientes; debía estar cortándose el cabello a toda hora, descansando sólo para sacar las abultadas bolsas de basura que iba juntando. Y durante las noches, cuando dormía, su pelo aumentaba tanto que, por las mañanas debía gastar varios minutos en desenredar su propio cuerpo de él.

            Jamás imaginó que, algún día, iría a extrañar los tiempos en que era lisa y llanamente un hombre calvo.

 

9

Amorosita ya no visitaba a sus arrendatarios para cobrarles, y no porque quisiera vedarse del placer de amenazarlos con reajustes. No. Lo que ella quería era que no se percataran de lo que estaba sucediendo con su lengua. Había mutado. De un día para otro comenzó a volverse larga y angosta, como la de una lagartija. Tenía que cuidar mucho que no se le saliera fuera de la boca cuando hablaba. Así, se vio en la necesidad de medir sus palabras ¡Medir sus palabras, ella, Amorosita, la poseedora de todas las verdades!

Miraba ventana afuera a todos entusiasmados con sus disfraces, preparándose para el Carnaval que organizara su cuñada. ¡Estafadora, vivaracha, oportunista! La que le había quitado su hermano, su dinero, y su lugar en el pueblo. Porque Amorosita había nacido para ser la reina, la venerada, la adorada; había nacido para ser Perla. Sin embargo, los habitantes de Puerta del Mar no apreciaban a la mujer célibe, de buenas costumbres y piadosa. No, ellos, los muy imbéciles, preferían a la pecadora, a la profana, a Perla Del Solar, con sus vestidos de colores ajustados y su bisutería barata disfrazada de oro.

Había decidido con anterioridad no asistir al Carnaval, para no ser parte de tamaña blasfemia. ¡Mujeres ligeras de ropa, hombres sin camisa! Pero luego determinó que alguien debía ir a imponer el orden en el lugar; aunque los malagradecidos habitantes del pueblo no valorasen su oportuna intervención, ella, abnegadamente, sacrificaría su pudor e iría en persona a censurar los desbordes del acto de su cuñada

“No estás pecando, Amorosita, no vas porque desees ver a esos machos semidesnudos, no” Se decía a ella misma, mientras modulaba frente al espejo- “vas a ir a controlar, a vigilar que este acto no se desbande. Tu presencia es necesaria, si, porque si no vas, quizá se arma la de Sodoma y Gomorra. Eso es, Amorosita, tu presencia en ese Carnaval no tiene nada que ver con esos gloriosos hombres sin camisa que van a estar ahí”...

Las hermanas Del Canto pasaron frente a su ventana; no se detuvieron a visitarla las muy ingratas; iban llenas de ropas en los brazos; disfraces, sin dudas. Traidoras, seguían aliadas al enemigo. Si pudiese, iría a decirles unas cuantas. Si tan solo pudiese.

Se miró en el espejo y observó su lengua. No sólo estaba alargada y angosta, sino que ahora comenzaba a partirse en dos en la punta. Como la de una víbora.

            Lengua de víbora.

 

10

            Visitación Del canto no lograba conciliar el sueño aquella noche; su cuerpo le picaba, sus músculos le dolían, su cama le resultaba pequeña. Nunca se había sentido tan rara. Estaba sudando, y el contacto con las sábanas, más áspero que lo usual.

            Oyó a su hermana roncar y sintió cierta envidia. De pronto, al darse vuelta sobre su colchón, percibió algo extraño en su cuerpo. Sobresaltada, encendió la lámpara del velador para examinarse.

            Miró al interior de su camisa de dormir. Un alarido seco irrumpió desde su garganta.

            -¡ Visitación! ¿Qué gritos son esos? –preguntó su hermana, sobresaltada.

            -Ahí abajo..... hay algo que no debería estar ahí.....! –tartamudeaba la otra, mirando su cuerpo.

            -¿Qué? ¿Acaso hay un ratón debajo de tu cama?

            -No, abajo en mi.....- respondió levantando su camisa de dormir. Anunciación, como si hubiese visto un alma en pena, se tapó los ojos:

            -¿Quién es usted y qué hizo con mi hermana Visitación?

            -¡Yo soy tu hermana Visitación! –exclamó, arrojándose al suelo entre gritos y pataletas.

            -¿Pero qué pasó, Visitación?

            - Hace unos días venía notando que me salían bigotes, que la voz me cambiaba y se ponía  gruesa...no pensé que podía estar convirtiéndome en un hombre!

            Anunciación estudió entonces el cuerpo de su hermana. Tenía vellos en las piernas, en la cara, en el pecho. Ya no tenía senos y su voz se oía más grave. Era un hombre, pero con la cara de Visitación. La mujer calló y trató de ocultar de su hermana la sonrisa de satisfacción que se dibujaba en sus labios. Volteó los ojos hacia arriba y agradeció en silencio aquella extraña fortuna, mientras la otra seguía reclamando al cielo.

            -¡No es justo! ¡Ahora sí que nadie va a querer casarse conmigo! ¡estoy condenada!      

-Visitación, compórtate, no está bien que un hombre grande como tú ande llorando como niña!...

           

11

Norberto había bajado más de 50 kilos, y parecía un hombre delgado. Valkiria, en cambio, ya no caminaba. Rodaba. Pesaba 140 kilos, y nada cabía en su cuerpo, a pesar de llevar semanas en régimen estricto.

Ella fue la primera en percatarse de lo que estaba sucediendo, y se lo dijo a su marido. Le rogó que dejara de comer, que la afectada era ella, pero él, obsesionado con aumentar de peso, no le prestó atención; como respuesta, colocaba más grasa en el pan, más crema en la leche, más aceite en las frituras.

            La dieta fue la venganza de la mujer. Si él no dejaba de comer, ella lo haría. De este modo, el panadero comenzó a perder kilos con la misma rapidez que su esposa los ganaba. Ante esto, ya no pudo seguir negando las evidencias, por muy descabelladas que resultasen. Su esposa tenía razón.

            -Por favor no me hagas esto, Valkiria. El carnaval está por empezar, y yo sigo bajando de peso. ¡Come algo, lo que sea!

            -Ah –reprochó la enorme mujer- Ahora vienes a rogarme ¿no? ¿Y todas las veces que te supliqué que no comieras, que hiciste? ¡ Aumentaste más y más las raciones! Gracias a ti, estoy convertida en una mujer grotesca. Pero llegó la hora de desquitarme. Voy a convertirte en el hombre más delgado de Puerta del Mar.

            -¡No puedes hacerme esto! –replicó el otro, furioso- ¡Yo tengo que ser el Rey Momo de este carnaval! Es una cuestión de honor!

            -Si de mi depende, eso nunca va a pasar–le respondió Valkiria, disponiéndose a salir.

            -¿Dónde vas?

            -Voy al Carnaval, a bailar. Quemaré todas tus calorías. Ahora vas a saber lo que se siente padecer las decisiones de otro, Norberto.

            La mujer salió a exhibirse en  público, después de muchos días de encierro. Los que la veían pasar miraban espantados su sobrepeso. Aunque estaba a punto de caer rodando, ella, enrabiada, insistía en mover su grasoso cuerpo, sólo para contrariar a su marido.

            Norberto, indignado con la actitud de su esposa, decidió desquitarse también. Abrió al refrigerador y se dispuso a comer todo lo que estaba a su alcance.

            -¡Me has declarado guerra, Valkiria!

           

12

            El gran día finalmente había llegado. El pueblo estaba preparado, las calles adornadas, las gente disfrazada. Perla, vestida como una reina, fue a buscar a Artemio, quien llevaba días encerrado, sin ver a nadie. Golpeó varias veces en su puerta, sin respuesta; Pero ella insistió. Tanto, que él no tuvo otra alternativa que abrir.

            Buscó, en primera instancia,  el rostro de Artemio a la altura de sus ojos. No divisó a nadie; debió inclinar el cuello para mirar a la persona que estaba hablando.

            -No podré acompañarte al desfile hoy -la voz del hombre temblaba.

            Artemio no medía más de un metro de altura. Le llegaba cerca de la cintura, un niño con cara de adulto. Él bajó la mirada, avergonzado. Ella se mantuvo en silencio, sin mirarlo.

-Sería una lástima que te lo perdieras.

-Prefiero eso ante andar por ahí, siendo más bajo que todas las mujeres.

Perla se inclinó para darle un ligero beso sobre la cabeza. Iba a sentir su ausencia, pero no podía perder más tiempo con él. Su día estaba presente, y en pocos instantes llegaría la gloria y la fama.

-Te contaré todo con detalles –le dijo ella, apurando el paso, a modo de despedida. Artemio se quedó junto a la puerta, a la altura de las manillas, con un indeclinable deseo de llorar.

Perla llegó al centro; el desfile estaba a punto de comenzar, solo faltaba ella. Se subió en el primer carro alegórico, en el que iba adelante, el que le correspondía a ella;  En el de al lado, el Panda, flamante Rey Momo, sentado sobre su trono, saludando al público.

            Un poco más atrás venían Pierre y Amorosita. El primero, arrastrando una carroza con rueditas a sus espaldas, para sostener su voluminosa y extendida cabellera; la segunda, en silencio, sin poder ocultar su larga y venenosa lengua partida en dos, lengua de víbora, que ya no le permitía otra cosa que no fuese sisear, observando a todos los presentes con ojos condenadores, excepto a los hombres sin camisa. Por su lado pasaron las hermanas Del Canto, él y ella, con una sonrisa en los labios y cierto orgullo por tener finalmente a un hombre en casa. Le dirigieron una mirada desafiante a Amorosita, quien evitó el contacto visual y apuró el paso.

            El día había amanecido despejado y algo caluroso; Sin embargo, una leve brisa se convirtió de pronto en helado viento que comenzó a traer nubes y cubrir el sol.

            -¡Rayos! –rezongó Perla, subida en un carro alegórico -¡Justo hoy que necesito que el clima sea más cálido que nunca!

            Mientras, Valkiria llegaba con dificultad a  la Plaza de Armas, su gran volumen atrayendo la atención de los presentes; Norberto, a su vez, había decidido no ir al desfile. No soportaba la idea de ver al Panda  en el que debía ser su lugar. Culpó de todo a su esposa, y decidió intensificar su desquite hacia ella. Fue a la despensa de la panadería e hizo lo que sabía hacer mejor. Comer a destajo, como nunca en su vida.

            Valkiria intentaba entrar al desfile cuando sintió una desagradable sensación de saciedad. De pronto, su cuerpo comenzó a ensancharse  y aumentar de volumen, como un globo inflándose. No pudo seguir caminando, no pudo mantenerse en pie. Era tal su tamaño que cayó sobre sus posaderas y sus piernas quedaron colgando, sin poder tocar el suelo.

            -¡Alguien que me ayude!....-fue todo lo que alcanzó a decir.

Y explotó. Literalmente explotó, en plena Plaza de Armas.

            Una serie de gritos se dejaron escuchar, mientras todos corrían despavoridos, a la vez que kilos de masa, harina y comida rodaban por la calle, manando desde el cuerpo inerte de Valkiria Machuca.

            De pronto, en medio del revuelo, el viento comenzó a intensificarse y el sol se quedó sin rayos que enseñar. Los presentes, imbuidos en sus diminutos y reveladores disfraces carnavalescos, comenzaron a sentir frío, y aunque Perla ordenó subir el volumen de la música, el ánimo decayó rápidamente.

            -Por favor Diosito, no seas así –suplicó Perla, con los ojos cerrados- dale esta alegría a Puerta del Mar! ¡Déjanos celebrar! ¡Permite que este pueblo sea inmortal, que pase a la historia, que salgamos del anonimato al cual hemos estado condenados tanto tiempo!

            Como una respuesta a la plegaria de Perla, un pequeño remolino comenzó a divisarse en el horizonte, por el norte. Era como una extraña capa que avanzaba hacia ellos, oscura, densa.

            Perla sintió un nudo en el estómago.

            Por el sur, otro remolino igualmente denso y oscuro, se dirigió hacia ellos también.

            La marcha cesó, el baile se detuvo, la música se apagó. Todos guardaron silencio. El viento se hacía más y más intenso.

            Y entonces ella recordó su sueño.

            Sólo unos pocos, los más despiertos, los que iban al final del desfile, atinaron en huir. Y ni siquiera todos ellos pudieron salvarse. Sólo los más rápidos, los más despiertos. El resto del pueblo, impávido, atónito, se mantuvo ahí, observando el acercamiento de aquella intempestiva tormenta de arena.

            Perla sabía muy bien qué significaba eso. Lo había visto tantas veces en sus pesadillas. No intentó huir. Bajó la cabeza, esperando su sentencia de pie sobre el carro alegórico, inmóvil mientras la gente caía en pánico. Una lágrima comenzó a rodar por sus mejillas, la que rápidamente se mezcló con los granos de arena que llenaban cada rincón.

            Ser corriente, ser ordinaria. Ser omitible, ser olvidable. Ser un número, una estadística, un monto que puede pasar desapercibido. Que se diga no serán los últimos ni los primeros a los que les suceda. O que ni siquiera se diga eso. Que te trague la tierra, que a nadie le importe un bledo, que no te busquen. Que en vez de a uno encuentren a otro y opinen que es la misma cosa. Era todo eso en forma de arena.

            Las personas ya no corrían; todos habían asumido su destino. La arena se depositaba por sobre sus cabezas y borraba cualquier rastro de Puerta del Mar, dejando en su lugar una amplia y densa duna, como las que se ven en tantas partes del camino.

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