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CARNAVAL

 

1

            Perla no llevaba luto.

“El luto se lleva por dentro”, afirmaba ceñida a un escotado vestido azul,  llorando ante Basilio Cabrera, su marido, alcalde y difunto. Todo el pueblo acompañaba a su primera dama, viuda y con el maquillaje corrido.

Perla Herminia, morena, con cabellos crespos, generosa en curvas, la mujer más deseada de antaño. Perla Del Solar, ladina y artera. Mujer de pueblo, nacida en un puerto, con aires de grandeza. Todos se preguntaban qué había visto en Basilio, 27 años mayor que ella. Pero la gente de Puerta del Mar no solía pensar mal. Ella era adorada por todos, así como su esposo. Bueno, por casi todos.

            Al otro lado de la tumba, toda de negro, con la camisa hasta el cuello y el vestido hasta los tobillos, Amorosita Cabrera, hermana del occiso, soltera, solterísima, llorando con un ojo y despreciando a su cuñada con el otro. Nunca se le había quitado de la cabeza la idea de que era una oportunista. La detestaba, especialmente desde que se enterara que, en el testamento de su hermano, sería ella la que heredaría todo su dinero, dejándole nada más que las casas para arriendo.

Toda la popularidad que poseía Perla, la carecía Amorosita. Respetada únicamente por ser una Cabrera,  detestada por ser la que cobraba el alquiler de las más de 60 casas que su hermano tenía en el puerto. Imperativa, moralista, severa. Cuando no estaba en misa, estaba cobrando. Y si no estaba cobrando, estaba revisando. Entraba de sorpresa, para controlar, y aprovechaba el paso para juzgar a los demás y condenarlos con su dedo índice en alto.

            Perla se retiró a su casa, cabizbaja, ataviada con todas las joyas que le regalara Basilio: brazaletes, pulseras, collares y hasta una diadema, por si a alguien le cabía duda de quién era la reina. Durante el camino, recibió varias flores de los campesinos, mientras Amorosita se marchaba en soledad, sin importarle a nadie sus lágrimas o quejidos.

            Perla entró a su casa y apagó la luz. La soledad se apoderó de su gran casona colonial. Aunque no pudo tener hijos, el hecho no parecía afectarla; nunca los había deseado realmente.

            La noche bañó al puerto con su oscuridad. Sólo entonces sintió aquellos deliciosos golpes en la puerta que tanto le alegraban.

            Era Artemio.

            Alto, poeta, comerciante. Escribía para conquistar y vendía para lucrar. Había estudiado administración de empresas en la capital, y era el único que tenía contactos. Buenos contactos.

            Artemio, vividor, buena facha, solterón empedernido. Gran amante, conocedor de secretos que pocas podrían imaginarse en aquél pedazo de fin de mundo. Perla los conocía todos, eso sí. De memoria.

            -Se nos fue Basilio –la voz de la mujer era profunda y ronca.

            -Así es.

            -Y sus fondos van a pasar a mi nombre, incluyendo los de la fundación.

            La fundación. El secreto proyecto del alcalde, una sorpresa para el pueblo. Iba a donar parte de su capital para crear una cooperativa de alimentos, iniciativa despreciada por Perla Herminia desde un principio.

            -¿Y tú, que vas a hacer? ¿Vas a seguir adelante con la idea de tu marido?

            Era lo que debería hacer una esposa honorable. Dedicarse a perseguir el sueño del difunto, llevarlo a cabo. Pero ella no era una mujer honorable, eso lo sabía muy bien.

            -No es regalando comida a esta gente perezosa que vamos a lograr el despegue de este pueblo, Artemio. Ahora, que puedo manejar a mi antojo el dinero de Basilio, voy a cumplir mi sueño - y, diciendo eso, sacó una revista debajo del sofá; una mulata con frutas en la cabeza y escasa ropa se encontraba en la portada, inmersa en una cristalina playa de agua azul -¿Te has fijado que  Brasil es el país más turístico de América Latina?

            -Bueno, claro, por sus playas, por el sol, por las garotas...

            -No. Porque son alegres, divertidos, con colores, y no un pueblo sin gracia, como nosotros. Este lugar es gris, desteñido. Eso somos, con nuestras calles de tierras, con nuestra gente común, desarreglada, sin clase. Nada que valga la pena ver. Pero imagínate un Carnaval....eso repuntaría a Puerta del Mar. Pero no un desfile costumbrista, no un acto folclórico. Nada de máscaras chilotas o disfraces pascuenses. Si vamos a imitar, imitemos al mejor. Carnaval de samba. Tambores, trajes dorados, tangas, batucadas. Y sensualidad, erotismo, pasión. Mucho de eso. Excesos, quiero excesos. Eso es lo que vende. Nada de remilgos, nada de recatos, mucha piel. Y que sea antes del brasilero, para no ser opacados. En Enero, cuando el verano está en pleno.

2

Puerta del Mar estaba revolucionado. La comida diaria pasó a ser el poroto negro, y en todas las fruterías se encontraban mangos, guayabas y semejantes. Perla contrató a las hermanas Del Canto para confeccionar los disfraces,  le pagó a una mulata para enseñar pasos de samba, y se dedicó ella misma a dar clases de dicción: “Ustedes tienen un habla muy seca y opaca, entre depresiva y poca cosa” les decía la viuda, subida en la tarima de la Plaza de Armas, micrófono en mano “Tienen que ser mas sensuales, hablar mas redondito, como si estuviesen pecando todo el tiempo. Mientras más pensemos, comamos y nos vistamos como un país bananero, más rápido lo seremos”

Y así, mientras el puerto se preparaba para el evento, haciendo caso de todas las palabras de Perla Del Solar, se dio inicio a la búsqueda del símbolo del carnaval, el “Rey Momo”, el principal personaje del desfile, cuyo único mérito es tener el mayor peso y volumen corporal; el Rey Momo desfilaría en carro alegórico, sentado en su trono de monarca, saludando a todo un pueblo que se inclinaría a sus pies por una noche. Un honor para el que se coronara.

            Norberto Baeza quería este honor. Era el panadero de oficio, una gran ventaja. Sin embargo, a pesar de sus 150 kilos, no era el más pesado del puerto. Pero él podía ponerse al día. Faltaban casi 2 meses para el carnaval, y su pan era el con más grasa de la región. Iba a ganar, estaba seguro, por mucho que le pesase a su esposa. Norberto, ancho, grueso, sonriente. Valkiria Machuca, su señora, delgada, con cierta belleza latina, teñida. Su rubio no es natural. Todos lo saben, pero a nadie le importa. Lo único que se piensa al verla  es que pudo haberse casado mucho mejor.

            -Deja de comer o vas a reventar –le dice ella.

            -Tú no entiendes, Valkiria, ésta es mi oportunidad. Yo, como Rey Momo, sería el alma de este carnaval. Puedo dejar un legado. Puedo hacer historia, traspasar las fronteras de Puerta del Mar.

            Ella lo mira sin esperanzas. Sabe que está decidido  y no hay vuelta atrás. Norberto es terco y obstinado. Y ya está tan gordo, intolerablemente gordo. Pensar que se va a esforzar por engrosar aún más le desespera. No sabe cuánto va a aguantar. Se resigna a respirar hondo e ir a dar una vuelta. No para pensar, sino para olvidar.

           

3

            Las hermanas Del Canto bordaban sentadas en la terraza de su pequeña casa, en una mecedora ancha y raída, mirando a los transeúntes mientras cosían. Estaban contentas, pues iban a recibir buen dinero por aquellos disfraces. Ya nadie se hacía ropa en Puerta del Mar, y si no fuese por la pensión que les dejara su difunto padre, las dos solteronas morirían de hambre. Anunciación, morena, ojerosa, delgada. Visitación, rubia, pálida, narigona. Las hermanas Del Canto, feas, anchas de espaldas y planas de pecho. Nunca las quisieron. Y eso se notaba en sus facciones endurecidas, en la ausencia de ternura, en la falta de sonrisa.

            En verdad, todo lo habían aprendido de Amorosita, hermana del difunto Cabrera, su amiga. No, no amiga, su líder. Porque Amorosita no estaba a su mismo nivel; ella estaba mucho más alto, poseía más autoridad moral y podía decirles qué debían o no hacer. Y así lo hizo esa vez.

            -¿Cómo pueden haberme traicionado de ese modo? -las increpó rudamente cuando las encontró trabajando para Perla Herminia - ¿acaso no saben que ese Carnaval es una idea diabólica? Ustedes están tejiendo su camino al infierno con esos trajes!

            -Pero nos van a pagar bien y necesitamos para el alquiler, la comida, ropa...­–dijo Anunciación, con cierta angustia

            -¿Ropa? ¿Para qué quieren más ropa que la que tienen? ¿Acaso está rota? ¿Acaso no les cubre del frío? ¡esas son vanidades que Perla ha inducido en la gente de nuestro pueblo! Mujercita ponzoñosa, no sirve para nada bueno!

            -No seas tan negativa –dijo Visitación- esto nos viene bien a todos. No hay que ver el mal en todas partes.

            -¡Ustedes ya están del lado equivocado! ¡Débiles, son unas débiles! – y quitándoles los disfraces que tenían hechos, comenzó a rasgarlos en sus narices. Luego de reducirlos a estropajos, las miró desafiante.

            Las hermanas Del Canto se miraron, desconcertadas. No sabían porqué le aguantaban esos arrebatos a Amorosita, pero lo hacían. Siempre había sido así. Sin decir palabra, recogieron las telas y entraron a la casa. Escondidas, lejos de las ventanas, comenzaron a resarcir cada traje. Dios sabía cuanto necesitaban el dinero.

            Amorosita, furiosa, se dirigió a su casa. Le llenaba de rabia ver al pueblo entusiasmado con el carnaval. Todo giraba en torno al desfile: Mujeres ensayando pasos junto a Zelia, la mulata importada que asesoraba los preparativos. Calles adornadas con guirnaldas multicolores y luces de neón. Hombres con guayaberas fumando habanos. Era casi un país tropical, a excepción del clima, con su sol mezquino, con sus nubes omnipresentes.

            “Otra cosa sería si mi hermano siguiese vivo” pensaba la mujer, mientras maldecía silenciosamente a su cuñada.

           

4

Calixto Rosales, alias Pierre, el peluquero, fue el brazo derecho de Perla del Solar, por ser el único en el puerto que había ido alguna vez al verdadero carnaval de Río.

Pierre, siempre delicado, siempre relamido, vestido de colores fuertes. Diseñó a perfección una ciudad tropical, con todo tipo de adornos posibles. Pierre, peluquero por excelencia, autodidacta y perfeccionista, amante del buen corte, irónicamente al borde de la calvicie, siempre usando gorros, sombreros y boinas para ocultar su brillante cabeza. Sarasa, le gritaban los niños en la calle, sin saber lo que eso significaba. Él, simplemente daba vuelta al cara y lanzaba un aire de desprecio. Porqué seguía en el pueblo, era un misterio para todos.

Se decía que sacó novia cuando fue a Brasil, 7 años atrás (en ese entonces con 37 años). Se decía que sacó novio cuando fue a Brasil, 7 años atrás (en ese entonces, con la voz más gruesa y el paso más firme). Ahora, chillón, pasadito en kilos, consumía sus días en la soledad de un lugar que no lo comprendía, pero de cierto modo lo aceptaba.

-Lo único que falta ahora es crear clima –decretó, al ver el centro del pueblo adornado como un país tropical

-¿Cómo es eso de “clima” –preguntó Perla.

-Mi querida, este lugar “parece” Brasil, pero no lo es. Le falta el alma.   

Fue entonces que se les ocurrió la solución: Un baile ritual. El lanzamiento oficial del carnaval, un momento histórico para Puerta del Mar. Atrás quedarían los veranos pacatos, sin pieles bronceadas, sin loción de coco. El fantasma del olvido comenzaba a alejarse; ya nadie diría que aquél era un lugar omitible.

Aún faltando más de un mes para el Carnaval, Perla deseaba contagiar a todos con el espíritu festivo; por ello, invitó a todo el pueblo a un acto de lanzamiento, en plena Plaza de Armas, para conmemorar su genial idea. Iba a ser una pequeña celebración como adelanto a lo que venía, solo por una noche, para que el pueblo supiese cuál era la magnitud de la fiesta para la que se estaban preparando.

 El ruido de tambores,  ritmo contagioso y sabroso. Una mulata de labios gruesos, vestida como esclava, junto a una fogata. Otros morenos, amigos suyos, golpeando instrumentos, agitando el sonido. Hasta Amorosita cedió a la curiosidad y se acercó.

Zelia, la morena, bailaba como una desaforada. Poseída, prisionera de la música, rodeada de botellas con extraños líquidos, alumbrada por velas, protegida por el humo del incienso y otras hierbas.

-Ahora sí que estoy comenzando a sentirme en Brasil –comentaba Pierre, resistiéndose a duras penas al enérgico ritmo de los tambores.

Perla, a su vez, observaba con orgullo. Era su obra. Había habilitado la playa del puerto, angosta y llena de piedrecillas, para que las personas pudiesen asolearse en verano, aunque el mar fuese tremendamente helado. Las tiendas de ropa  se llenaron de camisas escotadas, pantalones ajustados y minifaldas.  Se popularizó el bikini y la zunga. Y como final, la inauguración del carnaval, con capoeira y bailes de los esclavos.

Tres semanas habían pasado desde la muerte de Basilio, y ya todo el pueblo parecía haberlo olvidado. Nadie recriminaba a Perla que no vistiese luto. Basilio Cabrera parecía estar muy, muy lejos.

 Zelia seguía bailando, como en trance, agitando su cuerpo sin parar. De pronto, uno de los mulatos que la acompañaba trajo una bolsa negra, con algo que se movía en su interior. Espantados, vieron sacar de ella a 3 gallinas, las que fueron degolladas. La negra, de  rodillas, agitando su pecho con la cabeza hacia el cielo, fue bañada con la sangre de las tres. En seguida, comenzó a vociferar palabras en otro idioma, casi aullando.. Las botellas dispuestas alrededor explotaron y bañaron aire y suelo con su contenido. Las velas se apagaron, la fogata se consumió. La plaza de armas quedó a oscuras.

El llanto de un niño vino a romper el silencio. De pronto, la voz de Amorosita se hizo sentir entre el gentío.

-¡Yo se los dije! ¡Esta negra desgraciada nos hizo un mal de ojo! ¡Esto es Santería, se los digo yo, que entiendo de estas cosas!

-Amigos –dijo ella con su mal dominado español- Al sacrificar las tres gallinas, limpiamos Puerta del Mar de todos los malos espíritus. Ahora pueden estar en paz, porque este Carnaval va a ser el más famoso del mundo!¡Viva Puerta del Mar!

-¡Que Viva! –gritaron todos al unísono.

De pronto, sonidos tropicales inundaron el lugar. Todos se dieron a los festejos, convencidos de que las palabras de la mulata eran un presagio.

 

Perla Herminia estaba esperando a su amante con dos copas de champagne heladas; esa noche iban a celebrar su triunfo. Artemio, escabulléndose entre las sombras, llegó como un ladrón, asomándose repentinamente a la habitación de la mujer. Ella se reía sola, bañaba el suelo con champagne, se daba vueltas de júbilo, aún sintiendo la música en sus oídos.

Artemio tomó el cuerpo de la mujer con pasión, mientras le recitaba poemas al oído. Poemas sucios, no como los que narraba para enternecer a Doña Amorosita; poemas eróticos, muy distintos a los que leía a salida de misa. Poemas que sólo ella, Perla Herminia Del Solar, tenía el privilegio de oír.

-Vaya –le dijo él, robándole un beso–parece que has crecido... antes tenía que agacharme para mirarte a los ojos.

-Es que estoy usando tacos.

-¿Y cuándo no los has usado?

-Cuando estamos en la cama...

-Nunca te he mirado a los ojos cuando estamos en la cama.

Ella, sonriendo traviesa, le devolvió el beso con más fuerza.

-Entonces tal vez tengas razón, a lo mejor crecí...

 

 

5

¡Rey Momo! ¡El alma de la fiesta, como en los viejos tiempos! Norberto sabía que El Panda, el hermano del mecánico, pesaba cerca de 160 kilos. Le faltaban 10  para alcanzarlo, y menos de un mes para hacerlo. No le quedaba más, entonces, que tragar.

Valkiria miraba a su marido comer. Hacía tiempo ya que Norberto Baeza no le despertaba ningún tipo de deseo.

-Rayos –rezongaba el panadero parado sobre la balanza – yo como y como pero no pasa nada ¡ni un solo gramo engordé!

-Quizá ya alcanzaste el límite.

-Si el Panda puede pesar 160 kilos, yo también. Tráeme más, por favor.

-¿Más? ¿Acaso viste todo lo que ya comiste?

-Sí, y no me sirvió de nada. Sigo en 150.

-No sé como lo haces. Yo me trago una pelusa y se me ensanchan las caderas. Es más, no he comido casi nada en estos días y mira, estoy más gorda.

-Mala cosa. Dios le da pan al que no tiene dientes. Ojalá tuviese tu suerte.

La mujer le dirigió una mirada de desprecio y se fue a la cocina. Estaba comenzando una dieta, pues había subido más de un kilo en los últimos días. Le echaba la culpa a su marido, que engrosaba el aire con la frituras que cocinaba, obligándola a asimilar calorías no deseadas.

-¡Debo tener lombriz solitaria! –aullaba angustiado Norberto- ¡Eso ha de ser! ¿Cómo se mata la lombriz solitaria? ¡Con alcohol, ¿verdad?

-Ah, no, además de obeso, ¿alcohólico? Ya bastante desgracia es tenerte en ese estado

-¡Ése no es el apoyo que debe dar una mujer a su marido!

-¿Y qué debería hacer yo, entonces? ¿Comer hasta reventar?

-Tal vez, si eso te quitara el mal genio. Hacer dieta te pone insoportable.

-Por lo menos no voy a parecer atracción de circo – gritó ella, dando un puertazo.

Norberto, haciendo caso omiso de su esposa, volvió a pesarse. ¡147 kilos! No sólo había dejado de engordar, sino que ahora comenzaba a bajar de peso!

-No puede ser verdad! ¡Si esto no es una lombriz solitaria, yo no sé lo que es!

Y sin pensarlo más, Norberto se largó a beber botellas y botellas de alcohol, para ver si mataba al bicho. Sorpresivamente, no llegó a estar ebrio en ningún momento.

Aquella tarde, misteriosamente, Valkiria se sintió un tanto mareada

 

continúa en la parte 2

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